Lo que más nos sorprendió no fueron las playas. Fue la gente.
Vivimos casi dos años en una isla local. Las calles son de arena, no
hay veredas, y al tercer día dejás de ponerte zapatos. Cada puerta
tiene algo escrito: el apellido de la familia, una frase, un dibujo
que hizo alguien. Cuando baja el calor sacan las sillas afuera y se
quedan conversando hasta la noche.
Malé es una de las ciudades más densas del mundo y casi todo lo que
se consume llega en barco; lo único que sale en cantidad es el atún.
En los hoteles trabaja gente de Bangladés, India, Sri Lanka y
Filipinas, lejos de su casa durante meses. Durante dos años nosotros
también fuimos parte de eso.
Cinco veces por día se escucha el llamado a la oración en toda la
isla. Es limpio, es tranquilo y es seguro, y no se parece en nada a
la postal.
Por eso, cuando te decimos qué isla elegir, no lo leímos en
un catálogo.